¿Yo?
No soy lo que soy, soy lo que han hecho de mí. Un disfraz que oculta la verdad… Siempre fui inocente y débil, luchaba con todas mis fuerzas por estrechar lazos, crear vínculos, porque necesitaba sentirme querida y que alguien me protegiera. Sabía ya que yo sola, ¿qué iba a hacer? Si sólo era una niña, frágil, como las demás, sin fuerza ni poder para hacer cosas. Y los lazos que creé, o que creí crear, me destruyeron. Me destriparon, me destrozaron por dentro, poco a poco, clavándose cada vez más los afilados filos de esos cuchillos que algunos se esfuerzan por llamar mentira, hipocresía, egoísmo, abuso, pero que son todos iguales y no son más que cuchillos invisibles… todos iguales. No sé cómo, ni cuándo, ni por qué me di cuenta y me dejé morir, convencida de que un corazón parado sería mejor que un corazón que escuece. Hasta que, un día, cambié, gané confianza (o eso creí, o eso creo) y poco a poco la sangre fue corriendo cada vez más deprisa por mis venas, se amontonaba en mis muñecas, en mi cuello, en mi boca, y escupía palabras que nunca pensé que diría, con seguridad y firmeza, y aceleró su curso, y mi corazón siguió bombeando, cada vez más fuerte, cada vez más rápido, cada vez más intenso, y exploté. Me siento orgullosa de esa yo (hay muchas yos, y para cuando acabe de escribir esto habrá una yo más) porque pensó en ella misma, lo mandó todo a la mierda por su propio bien, a pesar del riesgo que corría. Riesgo a quedarse sola, sin esos lazos que la protegían… no, que ella quería que la protegieran. Pero la vida siguió. Aún quedaba tiempo hasta que se diera cuenta de que los lazos la hacían más débil, que sólo acarreaban problemas. Volvió a dar un voto de confianza y la volvieron a abandonar, fíjate. Y el último lazo que le quedaba lo perdieron en una partida de ajedrez razón y corazón. Fíjate…
Ahora que vuelvo a tener lazos me preocupa su futuro, aunque no tengo miedo. No me quiero engañar pero éstos parecen fuertes… Y ya no dependo de ellos para protegerme, porque ya sé que, exactamente, soy una niña como las demás. Todas las niñas son niñas como las demás. No destaco especialmente y nadie se vuelve a mirarme cuando camino por la calle, ¿hay algo de malo en eso? Sólo hay una persona para la que quiero ser especial, y esa soy yo misma. Por mí lucho y por mí evoluciono, y, a la vez, a mí misma me puteo y a mí misma me hago daño. Lo importante soy yo, y los que son ya parte de mí, para los que, a la vez, soy parte, y, por tanto, importante. Un círculo vicioso que nos mata poco a poco. Yo no inventé esta vida.
Romperé lazos y crearé otros, ya estoy acostumbrada. Tengo dentro de mí un baúl en el que guardo momentos. Aunque me sorprende que, de ciertas personas, sólo los encuentre malos…
Y mírame. Qué fría e insensible parezco. Me río de todo y no me preocupo por los sentimientos, ni los míos ni los del otro. Voy de sobrada, y llego a ser cruel a veces. Si veo a alguien llorar, a menudo miro a otro lado. Ya he sido durante bastante tiempo un pañuelo de mocos. Sólo pienso en mí, y, encima, soy una cobarde. Fíjate… La niña lleva un bonito disfraz.
0 comentarios